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Las mujeres ausentes


Este escrito está dedicado a las grandes ausentes de mi vida: Juanita, Luisa, Eliana y Chira.


En el estudio de la evolución humana, el surgimiento de la menopausia como hito de nuestra biografía se explica por las ventajas que representa para una comunidad el que las mujeres cuya reproducción podría ser problemática, debido a su edad, destinen esa energía al cuidado y educación de los hijos de mujeres más jóvenes, que generalmente comparten con ellas un vínculo de sangre. Surgen así las abuelas.


En nuestra maternidad, sobretodo la primeriza, las abuelas son seres de luz y de sombra, pero nunca nos son indiferentes. Sea porque buscamos su consejo con avidez, o más bien esperamos un silencio que nos permita expresar nuestro potencial, constituyen una suerte de faro al que aferrarnos o contra el cual contrastarnos en los mares tempestuosos del puerperio.


También están las otras abuelas, las mujeres ausentes. Y ahora quiero hablarles desde la experiencia: desde mi bisabuela en adelante, todas las mujeres de mi familia han sucumbido ante el Mal de Alzheimer. Probablemente yo comparta el mismo destino. El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa, incurable y progresiva que cada año nos quita un patrimonio familiar y cultural invaluable: la memoria. La memoria de nuestra historia, nuestra familia, aquellos pequeños datos que cobran tanto valor cuando reconstruimos nuestra biografía ante la interrogante de las nuevas generaciones. Como culmina la novela de Phillip K. Dyck, llevada al cine como Blade Runner: “Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”.

Las mujeres ausentes pueden caer en el silencio absoluto. En etapas tempranas de la enfermedad, sucumben a la confusión y la violencia que prosigue al desconcierto que les provoca un mundo que no les entiende. Le sigue un tránsito de vuelta a la infancia y luego un olvido total y un silencio absoluto hasta que desencarnan. La duración de cada una de estas etapas es tremendamente variable, y depende mucho de las enfermedades asociadas, el cuidado médico y el tratamiento social.


Estas mujeres ausentes, estas abuelas, se convierten entonces en algo distinto a lo que esperábamos cuando las imaginábamos de pequeñas. Muchas veces pasan a ser un hijo más, que requiere ser mudado, bañado y alimentado tanto como nuestros pequeños. Eventualmente, hará pataletas como nuestros hijos. A veces se pelearán con ellos por los juguetes. Y una que otra vez, nos retribuirán su cariño pretendiendo que somos sus madres.


Las emociones que a nosotros nos embarguen, sean las que sean, siempre serán nutritivas. Nuestro desconcierto y frustración es normal. Cien mil años de evolución han moldeado nuestro cerebro para esperar otra cosa de nuestras abuelas. La pena y el cansancio también son esperables en familiares y cuidadores, más aún si una situación como esta nos sorprende cuando comienza nuestra vida como madres o si tenemos hijos que requieren atención permanente. La aceptación, pienso, se encuentra cuando logramos conectarnos con un espíritu de madre universal, capaz de nutrir no sólo a nuestros hijos biológicos, sino a cualquier ser que requiera de ese tipo de vínculo sagrado, según sus condiciones vitales se lo impongan. Finalmente la experiencia nos expone a un largo duelo y despedida de nuestras abuelas, muy previo a la muerte física, pero que nos da la posibilidad de sanar conflictos o cicatrices que esas madres nos dejaron en el contexto de nuestra propia crianza, o la opción de retribuir la dedicación que nos brindaron mientras nos hacíamos mayores. En ese momento, que no se explica ni por evolución ni por mera biología, descubrimos una nueva maternidad, como un regalo que podemos ofrendar a nuestra historia personal. Perdonar, pedir perdón, nutrir, acariciar, comprender, ser humildes, entregarse, sanar. Prepararnos para nuestro propio camino como abuelas.


El proceso de aceptar esta experiencia de vida, y de sacar lo mejor de él, siempre puede ir acompañado de terapia floral. Siempre la recomiendo para los cuidadores o acompañantes, pues son esas Almas a las que se les impone una lección más fuerte. Larch (Alerce), es una de las esencias más útiles, cuya función, decía el Dr. Bach, es entender que el Universo no nos enfrenta a ninguna tarea que no podamos realizar.


Le he puesto un género femenino a este testimonio, por mi historia personal. Pero hombres y mujeres nos vemos enfrentados indistintamente a esta experiencia. En Chile, se encuentra dentro de las cinco causas de muerte más comunes en adultos mayores. Parte del ejercicio una crianza respetuosa es también enseñarle a nuestro hijos a honrar a nuestros ancestros, conocerlos, enmendar errores que se distribuyen en nuestro árbol familiar. Esto permitirá hacer de estas abuelas, abuelos o padres, ausentes, pero no olvidados. Aún en ese rol socialmente marginal, pueden darnos lecciones de amor, ternura, humildad y respeto. Pues también, enseñarles a nuestros hijos a incorporar a sus abuelos a su historia, a valorarlos y cuidarlos como la raíz de la que se nutre su familia, es uno de los mejores regalos que les podemos hacer. A ellos, y a nuestra sociedad, cuya memoria hoy se sigue perdiendo como lágrimas en la lluvia.

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